lunes, 17 de noviembre de 2014

"ALFA Y OMEGA", Mayte Dalianegra

Soy mi génesis y mi amén,
mi pequeño universo,
el único realmente mío,
el único existente para mí.

El Big Bang comenzó conmigo,
no con mi primera llantina,
sino en el mismo instante de mi concepción.
Ahí los astros centelleaban con el brillo
elemental del relámpago,
iracundos de volcanes:
el sol, la luna,
toda una constelación de estrellas,
una nebulosa  rutilante y rubicunda como la sangre
que ya recorría mis dos células primarias.

Tan pequeña yo,
tan humilde yo,
tan poca cosa yo,
soy todo, mi todo,
soy todo lo que alcanzan mis sentidos:
los prados feraces, los árboles
esbeltos y rozagantes,
las flores y las frutas que en su abundancia
de colorido y aromas
avivan la sana alegría.
El arroyo que le canta a la tierra,
la piedra que recibe su caricia,
el beso que corona los labios amados
y cincela la piel con el mar de su espuma.

Todo eso que soy
me colma y me ancla,
me ata al regalo de la vida,
me desborda el corazón enternecido,
me muerde las aristas del misterio,
y disuelve mi temor al infortunio.

Todo eso que soy,
todo eso,
esa llamarada que me tiñe
de plasma estelar,
se extinguirá en cenizas
tras un día que será una hilacha de luz,
cuando mis pupilas se opaquen de negrura,
cuando el fin del mundo me alcance,
así, quizás hasta de improviso.
El fin del mundo,
el único fin,
el de mi mundo,
el mío.

Mayte Dalianegra

Pintura de Mara Lorenzini

Safe Creative #1202281214599

Música:"Uprising", Muse

"DINERO", Philip Larkin

Es así: periódicamente el dinero me reprocha
por qué lo dejo aquí sin utilizar.
Soy lo que nunca tuviste,
el sexo y las cosas buenas.
Tú puedes conseguirlas firmando unos cuantos cheques.
Entonces miro qué hacen los demás con el suyo:
seguramente no lo dejan debajo del colchón.
Ellos ya tienen una casa en la playa, un coche y  una mujer:
está claro que el dinero alguna relación guarda  con la vida
—en efecto, tiene mucho que ver si lo averiguas—:
no puedes postergar la juventud hasta que te jubiles
y por más que deposites tu sueldo, al final
tus ahorros apenas te permitirán pagar una afeitada.
Escucho el canto del dinero.
Es como mirar desde lo alto de un ventanal
una ciudad de provincia,
sus barrios, el canal, las iglesias
adornadas y  locas
bajo el sol de la tarde.
Es intensamente triste.

Philip Larkin

Pintura: "La maldición de la libertad", Patrick Pierson

"VENTANAS ALTAS", Philip Larkin

Cuando veo a una pareja de jóvenes
y adivino que él se la tira y que ella
usa un dispositivo o toma pastillas,
sé que ése es el paraíso

que todo viejo ha soñado a lo largo de su vida.
Gesticulaciones y ataduras dejadas a un lado
como una anticuada segadora,
y cada joven deslizándose por una larga pendiente,

hacia la felicidad. Dudo que si alguien
me hubiese visto hace cuarenta años
habría pensado: esto debe ser la vida;
ya no hay Dios, ni exudaciones en la oscuridad

por el infierno y todo eso, o la necesidad de ocultar
lo que piensas sobre el cura. Él y los suyos
se deslizarán por la pendiente como libres
pájaros miserables. Y de inmediato, aún sin palabras,

llega el pensamiento de las ventanas altas:
el sol retenido en los vidrios, y más allá
el aire profundo y azul, que nada muestra
y que no tiene término ni lugar.

Philip Larkin.

Pintura: "La casta Susana" (1914), Gonzalo Bilbao.

"AL MAR", Philip Larkin

Pisar el muro bajo que divide
La calle de la acera de concreto en la costa,
Recuerda bruscamente algo ya conocido
La alegre miniatura ribereña.
Todo va y se amontona bajo el leve horizonte:
Playa empinada, agua azul, toallas, gorros de baño rojos,
El quiebre fresco y repetido de las pequeñas y calladas olas
Sobre la arena cálida, amarilla
Y a lo lejos un barco a vapor blanco, estancado en la tarde.

¡Sigue pasando todo esto, sigue pasando!
El echarse y comer, dormirse oyendo espuma
(La oreja es un parlante y suena bastante manso
Bajo el cielo), o llevar a niños inseguros
De arriba abajo suavemente, de punta en blanco
Y asiendo el aire enorme, o girar a los viejos
Tiesos para que aprecien un último verano,
Sigue ocurriendo simplemente
A medias goce anual, a medias rito,

Como cuando, contento de estar solo,
Busqué en la arena a los Famosos Jugadores de Críquet,
O antes, cuando mis padres, oyentes
De ese mismo graznido de la costa, se conocieron.
Como un extraño ahora, veo la escena despejada:
La misma agua clara sobre las piedras ya pulidas,
El débil tiple de protesta en los lejanos bañistas
A sus afueras, y después los cigarros baratos,
Papel de chocolate, hojas de té, y al medio

Las rocas, latas de sopa oxidándose, hasta que las primeras
Pocas familias vuelven a sus coches.
El barco a vapor blanco se ha marchado. Como respiración dentro
De un vidrio
La luz del sol se ha vuelto lechosa. Si quedarnos
Cortos es lo peor de los climas perfectos,
Puede que por costumbre éstos la hagan mejor,
Viniendo al agua cada año tan torpemente desvestidos;
Como payasos enseñando a niños;
Ayudando a los viejos también, como se debe.

Philip Larkin.

Pintura de Kenton Nelson.

domingo, 16 de noviembre de 2014

"CURACIÓN POR LA FE", Philip Larkin

Lentamente las mujeres se ponen en fila donde él está
erguido con sus anteojos sin marco, cabellera plateada,
traje oscuro, cuello blanco. Los ordenanzas incansablemente
las persuaden hacia su voz y sus manos,
dentro de cuya primaveral agua tibia de lluvia de cuidado amoroso
cada una permanece unos veinte segundos. Y bien, hija querida,
qué te anda mal, pregunta la profunda voz nortemericana
y casi sin pausa, pasa a una oración dirigiendo a Dios sobre este ojo, aquella rodilla.
Las cabezas soportan las manos abruptas; luego, exiladas

como pensamientos que se pierden, se van en silencio; algunas
se pierden como ovejas, no vuelven a sus vidas otra vez
de inmediato; otras se quedan duras, estremeciéndose y con fuertes
y profundas lágrimas roncas, como si un chico mudo
e idiota todavía viviera dentro de ellas
para volver a despertar ante la bondad, pensando que una voz
finalmente las llama a ellas solas, que las manos han venido
para alzar y aligerar; y llega un gozo tal
que sus gruesas lenguas se desbocan, sus ojos derraman pena, un gentío
de grandes respuestas inaudibles empuja y se regocija…
¡Qué está mal! Bigotudos se sacuden en etiqueta florida:
ahora todo anda mal. En todos los de allí duerme
un sentido de la vida vivida según el amor.
Para algunos significa la diferencia que podrían hacer
amando a otros, pero en la mayoría ronda
todo lo que podrían haber hecho si los hubieran amado.
Eso nada cura. Un inmenso dolor que debilita,
como cuando, derritiéndose, el rígido paisaje solloza,
se despliega lentamente a través de ellos… eso, y la voz arriba
diciendo Hija mía, y todo lo que el tiempo ha refutado.

Philip Larkin.

Pintura: "La reina Clothilde", Thomas Cooper Gotch.

Mis poetas favoritos: PHILIP LARKIN

Philip Arthur Larkin (9 de agosto de 1922-2 de diciembre de 1985) fue un poeta, bibliotecario, novelista y crítico de jazz británico. En 1945 publicó su primer libro de poesía, El barco del norte, al que le siguieron dos novelas, Jill (1946) y Una chica en invierno (1947), pero adquirió notabilidad en 1955 con la publicación de su segunda colección de poemas, Un engaño menor, seguido por Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974). Entre 1961 y 1971, trabajó en el periódico The Daily Telegraph como su crítico de jazz (sus artículos fueron compilados posteriormente en All What Jazz: Escritos sobre jazz 1961–71, de 1985), y editó The Oxford Book of Twentieth-Century English Verse (1973).

Recibió varios honores, incluyendo la Queen's Gold Medal for Poetry. En 1984, después de la muerte de John Betjeman, le fue ofrecida la posición de poeta laureado del Reino Unido, la cual rechazó. Es considerado por la crítica como uno de los poetas ingleses más aclamados de la segunda mitad del siglo XX.
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